La floración de los lapachos rosados transforma el paisaje urbano de Buenos Aires

Cada primavera la Ciudad se llena de color y regala postales donde el cemento se cruza con los primeros brotes. En ese paisaje, el lapacho se destaca de entrada por sus flores en forma de campana que aparecen antes de que le salgan las hojas, una característica que lo vuelve inconfundible cuando uno camina por las avenidas o se da una vuelta por las plazas porteñas.

Para salir a buscarlos y disfrutar de su floración, hay ejemplares desparramados por un montón de espacios verdes como los parques y plazas Saavedra, Los Andes, Avellaneda, Chacabuco, Micaela Bastidas, Thays, Patricios, Rivadavia, Lezama y Alberdi. También se los puede cruzar en los canteros de la Avenida 9 de Julio y en plazas como Armenia, Italia y Virreyes. Si se trata de identificar las zonas con mayor presencia de lapachos rosados, los barrios de Palermo, Puerto Madero, Saavedra y Villa Urquiza se llevan el primer lugar.

Entre todos los ejemplares de la capital, hay uno muy particular que se roba las miradas: el lapacho de Ezcurra. Fue plantado por el paisajista Martín Ezcurra justo en la esquina de Figueroa Alcorta y Ramón Castilla, en Barrio Parque, y con el paso de los años su floración se transformó en una referencia visual que los vecinos esperan para marcar el inicio de la época más colorida de la ciudad.

Detrás de este espectáculo natural hay detalles sobre su desarrollo. Según explica la ingeniera agrónoma Virginia Rosso, un lapacho que nace desde semilla puede tardar entre tres y cinco años en dar sus primeras flores si las condiciones acompañan, mientras que su plenitud florística recién la alcanza entre los diez y quince años. Se trata de una especie nativa de Sudamérica que en el país prospera en la zona de las Yungas, prefiriendo suelos húmedos y arenosos.

Para sus cuidados, la recomendación al trasplantar un ejemplar joven es mantener la tierra húmeda hasta que logre arraigarse bien, evitando el encharcamiento que perjudica las raíces. En las etapas de crecimiento y florecimiento requiere más agua, aunque por lo general las lluvias habituales de Buenos Aires alcanzan para cubrir sus necesidades. Si bien soporta la exposición al sol, es sensible a las bajas temperaturas, por lo cual la poda estructural se realiza en invierno.

Respecto al mantenimiento, la indicación de los especialistas es no cortar grandes cantidades de madera viva para no perjudicar la floración de la temporada siguiente. En los ejemplares jóvenes, la poda de formación ayuda a acondicionarlo para su porte adulto, haciéndose siempre durante el reposo invernal. En cualquier etapa del árbol, conviene eliminar únicamente las ramas secas, rotas o con signos de enfermedad.

Gracias a su resistencia en entornos urbanos y a esa capacidad de florecer aun sin follaje, el lapacho se ganó un lugar en las postales porteñas. Sus flores brindan un estallido de color que anuncia la primavera e invita a los vecinos a recorrer plazas y avenidas para ver los ejemplares más reconocidos.

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