Con la llegada del otoño, las calles, plazas y avenidas porteñas comenzaron a cambiar de color gracias a la transformación del arbolado urbano. Este fenómeno, conocido como senescencia foliar, ocurre cuando las hojas dejan de producir clorofila, pasan por tonos amarillos, rojos y marrones, y finalmente caen entre mediados de marzo y fines de abril, previo a la poda de invierno en mayo.
Según el censo de la Ciudad, Buenos Aires suma unos 432.000 árboles, de los cuales el 80% está ubicado en veredas. El gran protagonista es el fresno rojo americano, la especie más numerosa con 138.031 ejemplares y la primera en mostrar su amarillo efímero desde marzo. Le siguen el ginkgo biloba, con 748 ejemplares visibles cerca de los cementerios de Chacarita y Recoleta; el tilo, con 16.478 árboles de coloración tardía; el liquidámbar, con 5.841 ejemplares que varían del amarillo al púrpura; y el crespón, con 12.324 ejemplares.
A la lista de especies caducas se suman el plátano, el paraíso, el fresno europeo, el ciprés calvo y el palo borracho, junto con ejemplares semipersistentes como el jacarandá, el lapacho rosado y la tipa, o perennes como el ligustro disciplinado, la anacahuita y el canelón.
Este mantenimiento planificado entre las comunas y la Dirección General de Espacios Verdes y Arbolado no solo cuida el patrimonio natural de la Ciudad, sino que aporta beneficios concretos para los vecinos: filtra contaminantes, atenúa el calor, absorbe el agua de lluvia para evitar anegamientos y cobija a la fauna local.

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