El ruido constante ya es parte del paisaje porteño, pero tiene un costo ambiental que impacta de lleno en la calidad de vida. Según el mapa oficial de la Agencia de Protección Ambiental (APrA), los accesos, avenidas y nodos de transporte de la Ciudad concentran la mayor saturación sonora, con picos que alcanzan los 88 decibeles en esquinas como Santa Fe y Juan B. Justo, Luis María Campos y Federico Lacroze, o Las Heras y Tagle.
Para el antropólogo e investigador del CONICET Facundo Petit, autor del estudio «Acústica situada», las mediciones técnicas resultan indispensables pero incompletas. Petit señala que las políticas públicas suelen reducir el fenómeno a un dato físico, dejando de lado costumbres y conductas cotidianas como los bocinazos, las aceleradas o los gritos, que también expresan el ritmo y la ansiedad con la que se vive en la Ciudad. Integrar esta dimensión social resulta clave para diseñar soluciones más efectivas ante un problema cada vez más naturalizado.

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